¿Es una falacia la unidad de España?

El nacionalismo español es el movimiento social, político e ideológico que se conformó desde el siglo XIX la identidad nacional de España. No es propiamente un nacionalismo irredentista : la única reivindicación territorial identificada como “nacional” ha sido Gibraltar (desde el siglo XVIII ); el resto de los territoriales han sido históricamente coloniales o imperiales (durante el siglo XIX contra la independencia de Hispanoamérica y el siglo XX sobre el Magreb ). Tampoco ha sido un nacionalismo centralizado (que pretendía unificar las comunidades de españoles a la par de otras soberanías), pero sí ha presenciado el nacimiento de nacionalismos periféricos que, desde finales del siglo XIX, han funcionado como movimientos nacionalistas centrífugos (que pretenden la conformación de identidades nacionales alternativas)…

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Por Gonzalo Segura

Han sido muchos, millones, los españoles que votaron en las pasadas elecciones generales priorizando la importancia de la unidad de la nación española, motivo que les llevó a votar al Partido Popular, una organización criminal; a Ciudadanos, un partido que considera clase media a los ciudadanos que ganan más de 130.000 euros anuales; a la ultraderecha, cuyas nefastas acciones todavía humean en el siglo XXI; e incluso al PSOE, un partido al que ya no le quedan ni las chaquetas de pana, pues las cambiaron cuando se sentaron en los consejos de administración. Hablamos de casi 20 millones de votos. Pero ¿la unidad de España es real? ¿Es importante para los ciudadanos? ¿Es tan inmutable como parece?

La unidad de España no es real

España es una organización territorial tan moderna que en términos históricos ni siquiera representa un 1% teniendo en cuenta que los Homo sapiens pueden tener una antigüedad cercana a los 300.000 o 350.000 años. Si tuviéramos en cuenta la presencia de homínidos en la Península Ibérica, hace alrededor de 1,3 millones de años, ni siquiera se llegaría al 0,2%. Y ello tomando como referencia a los más optimistas que sitúan el nacimiento de España a finales de la Edad Media, porque si tomáramos otra referencia…

A poco que se analice la historia se podrá comprobar que España, esa organización territorial adoptada por los habitantes de la Península Ibérica durante menos del 1% de nuestra historia y casi el 0% de la historia de la humanidad y los homínidos, ni siquiera ha gozado de unidad. Los episodios históricos en los que los pueblos ibéricos han pretendido separar sus destinos han sido múltiples, tanto en momentos históricos en los que España estaba claramente constituida como otros en los que su existencia como tal resulta más que discutible.

Pensemos en el matrimonio de los Reyes Católicos, de dos reinos diferentes, en 1469, en el que muchos sitúan el nacimiento de la nación española, pues al morir la reina Isabel en 1504, Fernando siguió siendo rey de La Corona de Aragón, pero no consiguió ser regente de la Corona de Castilla hasta 1506. Obviamente, no eran un ente único, con una única corte, un idioma y un sentimiento nacional. No eran España. Pensemos en la guerra de secesión española entre 1701 y 1715, en la cual a la muerte de Carlos II, las coronas de Castilla y Aragón optan por pretendientes al trono diferentes, los Borbones y los Austrias. En este momento, es obvio que no existía ni una nación ni un sentimiento claro de nación en lo que ahora conocemos como España.

En los siglos XIX y XX, cuando ya no queda ninguna controversia al respecto de la existencia de España como tal, los conflictos entre los pueblos que la habitaban y los intentos de fragmentarse fueron una constante, como los golpes de Estado (más de 50 en los últimos doscientos años). De hecho, durante el siglo XIX, a la caída de la monarquía —empujados por el Estado catalán—, se proclamó una República Federal y en el siglo XX se volvió a insistir con el modelo republicano. Tanta insistencia demuestra cuanto menos que en España ha podido haber muchas cosas, pero unidad, lo que se dice unidad no hubo mucha. Y si la hubo, casi no duró. No es casualidad que aquello de Una, Grande y Libre del franquismo. Si nadie duda que ni éramos grandes ni éramos libres, ¿por qué se da por hecho que éramos ‘Una’?

No nos engañemos, pues, la unidad entendida como hoy la entienden los partidos nacionalistas españoles —estado central y sentimiento patriótico español—, no ha existido nunca y pretender que España, ese pedazo de historia escrito a trompazos y trompicones sea inmutable cuando ni siquiera representa el 1% del tiempo que los humanos hemos habitado la Península Ibérica es una barbaridad de tal magnitud como tantas otras que los humanos han defendido con salvajismo en el pasado: desde que la mujer no tenía derecho a votar porque era poco menos que una mascota hasta que los reyes eran nombrados por Dios.

Incluso hace una década, en 2010, el exministro socialista Miguel Sebastián propuso la eliminación de todas las autonomías salvo tres: Galicia, Euskadi y Catalunya. No es casualidad.

Los pueblos tienen derecho a elegir su destino

Basta leer a John Glubb o Isaac Asimov para comprobar que los imperios, y por tanto también los países y las sociedades, tienen ciclos. Estos autores hablaban de ciclos de 250 años o 10 generaciones, así como introducían elementos muy importantes que deberían ser tenidos en cuenta: los imperios sufren momentos de concentración y momentos de fragmentación. Algo claramente extrapolable a los países y las sociedades.

Por tanto, estos períodos de fragmentación y concentración deben ser asumidos con total naturalidad en el siglo XXI. Ese es el motivo por el que Escocia o Québec han podido celebrar sus referéndums sin mayor problema, porque justificarse alegando que Catalunya no es un caso comparable y por tanto es preferible usar las porras a las urnas y someter a los catalanes obligándoles a estar donde muchos no quieren es una sinrazón que el tiempo desnudará y que cualquier conocedor de la historia podría desmantelar sin mucho esfuerzo.

Y es que las trayectorias históricas de las sociedades, los países, los estados, los imperios o cualquier otra entidad histórica es como el ADN. Los humanos compartimos la mayoría del ADN, pero ninguno es igual. Obviamente, Catalunya no es comparable a Escocia o Québec, pero entre estas dos tampoco son comparables. Aquí la única diferencia que realmente debemos notar es la que separa a Reino Unido y Canadá con España.

La monarquía y las élites castellano-franquistas son el obstáculo 

Porque realmente el único obstáculo para que los pueblos ibéricos se organicen como les plazca reside en la monarquía borbónica, restaurada por el dictador y genocida Francisco Franco, y las élites castellano-franquistas, las mismas que esgrimen la unidad de España y la salvación de la patria al tiempo que saquean a los ciudadanos, defienden a la ‘clase media’ que gana más de 130.000 euros y permiten que casi 100.000 millones de euros se ‘pierdan’ anualmente por corrupción en dirección a sus bolsillos. Una monarquía y unas élites que se apoyan en un Ejército leal y real: PP-PSOE-Cs-Vox.

Son PP-PSOE-Cs —y pronto Vox, que termina sus mítines con vivas al rey— los que sostienen la Reforma laboral y la Ley Mordaza o los que impiden que la banca devuelva los 60.000 millones de euros, se investiguen las Cloacas de Interior o las actividades más que presuntamente delictivas de Juan Carlos I. Son los de siempre, los de la monarquía, la OTAN, el 155, el 135 y lo que se tercie.

Para cotejar que esto es así solo hay que revisar someramente los resultados electorales para comprobar el escaso peso de estos partidos, en algunos casos casi insignificante, en Catalunya o Euskadi. Dos pueblos que tienen un idioma diferente al resto de los pueblos ibéricos, una historia divergente en más de un 90% y un sentimiento y una aspiración claramente nacional. Pensemos que en Catalunya hasta el 80% de sus ciudadanos quiere decir unilateralmente su destino. Es decir, incluso aquellos que quieren seguir en España quieren ser ellos los que separadamente del resto de pueblos ibéricos decida qué hacer. Revelador.

Los pueblos tienen derecho a elegir su organización territorial

Por tanto, los ciudadanos que habitamos la Península Ibérica tenemos derecho a decidir cómo queremos vivir y, en los tiempos que vivimos, ello no solo no debería ser un drama, sino que contribuiría decisivamente a que podiéramos resolver los múltiples problemas que nos acosan. Hace dos siglos ser pequeño podría ser peligroso, podría suponer ser invadido por un tercero, pero hoy en día existen países de pequeño tamaño con organizaciones prósperas y democráticas. Más que España.

Tanto si decidimos ir juntos como por separado, si decidimos que en la Península Ibérica haya una República Federal como si decidimos que haya múltiples repúblicas independientes o cualquier otro modelo, ello no modificará absolutamente en nada nuestro porvenir. Lo importante es que la organización que construyamos, que pactemos, sea transparente, moderna y democrática, que nos sitúe en la vanguardia y que nos convierta en una referencia. Justo lo que ahora mismo no somos.

Cuando Eslovenia y Croacia comenzaron sus primeros movimientos en aras de la independencia, momentos en los que muchos países les proporcionaron armas y les apoyaron políticamente, la diferencia de aceptación de la independencia de ambos países a nivel internacional fueron las suspicacias que despertaban los croatas en cuanto al trato que podrían dar a las minorías. Pero si Catalunya o Euskadi o cualquier otro pueblo ibérico se independizara es más que obvio que las minorías tendrían más que asegurado que no sufrirán las atrocidades que acontecieron en la fragmentación de la antigua Yugoslavia, porque si Catalunya ha demostrado algo ha sido ser esencial y mayoritariamente pacífica. E incluso integradora.

Ciertamente, al paso de unas cuantas generaciones el idioma castellano menguaría o se perdería, así como otros elementos históricos o culturales, y muy probablemente Catalunya, como Euskadi o cualquier otro pueblo, construiría un edificio propio y particular. Pero ello no quiere decir que vaya a ser peor lo que construyan.

Porque en el mundo en el que vivimos no existe ningún impedimento para que a una República catalana le vaya mal, salvo uno: España. Que España se vengue; que España vete la entrada en la Unión Europea de la nueva república y que la sabotee; que España, esto es Castilla, como tantas otras veces en la historia, se vengue de aquellos que ya no han querido seguir con ella; que ofrezca la misma espalda y el mismo despecho que ha ofrecido durante siglos a portugueses y latinoamericanos.

España no es una, no es grande y no es libre y los pueblos que la habitan tienen derecho a decidir su destino. A elegir su organización territorial.

Luis Gonzalo Segura es exteniente expulsado por denunciar corrupción en el Ejército de Tierra y autor de ‘Un paso al frente’ (2014), ‘Código rojo’ (2015), ‘El libro negro del Ejército español’ (2017) ‘En la guarida de la bestia’ (2019).

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