Dependencia tecnológica: ¿qué pasaría si se fuera la luz?

El  24 de noviembre del pasado año, más de medio millón de personas se quedaron sin conexión. Eso no sería noticia de haber sucedido en algún rincón de África o en zonas despobladas de latitudes extremas. Pero sucedió en pleno corazón de Seúl, una de las ciudades más conectadas del mundo. El motivo: un incendio en un nodo de comunicación que dejó sin internet a una parte de la ciudad…

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Por Borja Ventura

El apagón duró un día escaso, pero sirvió para poner de manifiesto a qué nivel de dependencia tecnológica ha llegado la sociedad actual. No solo fue imposible conectarse, sino que no se podían hacer llamadas de teléfono, no funcionaban los sistemas de pago telemático, los ordenadores de los hospitales no podían acceder a los historiales de los pacientes y cosas tan triviales como comprobar las incidencias en las redes de transporte eran misión imposible. Pero hubo algo más grave: el sistema de aviso de emergencias dependía de la red, así que tampoco funcionó.

Más allá del impacto económico y quizá personal para algunos afectados, el apagón no dejó de ser una incomodidad pasajera. Pero, a la vez, una poderosa llamada de atención. ¿Y si el apagón no hubiera sido tan fácil de subsanar? ¿Y si hubiera afectado no a un distrito de Seúl, sino al sistema de seguridad de una potencia nuclear?

El escenario es un lugar común de la literatura y filmografía de ficción. Ni siquiera hace falta un sofisticado ataque informático o una brutal carestía de recursos energéticos para enfrentarse a un escenario así. Basta pensar en el desolador mundo de obras como The walking dead, donde la falta de mantenimiento por parte de una población casi extinguida basta para retrotraernos a una sociedad preindustrial.

La desconexión como terapia

La dependencia tecnológica de la sociedad actual ha llegado de forma paulatina hasta los rincones más íntimos de nuestra existencia. El contacto con los amigos, la interacción social, el ocio y entretenimiento, el trabajo o hasta la búsqueda de pareja han pasado en muchos casos a ocupar esferas virtuales. La desaparición de ese entorno dejaría a una parte importante de la sociedad con una evidente carencia de competencias para el mundo real.

Es por eso por lo que de un tiempo a esta parte algunos refractarios han abrazado posiciones escépticas con la tecnologización. Los espacios sin conexión, los retiros sin dispositivos tecnológicos o hasta los locales que obligan a depositar los teléfonos móviles en una caja de seguridad han ido ganando adeptos.

A nivel social se equipara esa alienación tecnológica con la acepción tradicional de la alienación social, al tiempo que se buscan fórmulas para equilibrar ambas realidades: trabajar en el desarrollo de herramientas y entornos virtuales que no impliquen la completa desconexión del mundo real.

De nuevo la ficción ha servido para retratar de forma dramática un futuro distópico en el que lo virtual acabara por arrancarnos de lo real. Más conocimiento, más acceso, más comunicación, pero todo alrededor de un mundo cada vez menos percibido, menos consciente y más alejado.

La desconexión como amenaza

Lecturas sociológicas al margen la pregunta está en el aire: ¿sería posible un apagón a gran escala como el sucedido en Seúl? Y de ser así, ¿cuáles podrían ser sus consecuencias?

Para responder a lo primero hay que viajar al origen de todo, aquel proyecto primigenio que fue internet. En un contexto de Guerra Fría, en el que la amenaza de un conflicto armado era constante, la Inteligencia militar norteamericana desarrolló un proyecto de comunicación descentralizado. La idea consistía en que la información circulara a través de una red en lugar de estar físicamente en un solo sitio, de forma que, en caso de destruirse algún punto sensible, la red pudiera seguir funcionando.

Así, internet nació en primer lugar como forma de almacenar y proteger el conocimiento adquirido. Patentes, reservas culturales y la investigación surgida de los laboratorios universitarios serían los primeros campos de pruebas.

En apenas 40 años el salto ha sido tan gigantesco que la lógica de la idea se ha aplicado a realidades tan distintas como el terrorismo. Así, por ejemplo, el impacto de Al Qaeda en su momento tuvo que ver con que operaban en forma de red, con presencia en muchos países y sin grandes estructuras centralizadas, de forma que el descabezamiento de una parte no impedía la operatividad del resto de la organización.

A nivel práctico la idea demostró su validez. Una enorme parte del conocimiento y el consumo actuales dependen de forma directa de internet. Sin embargo, a nivel teórico, la cuestión es menos realista.

La información en realidad no fluye, sino que existe y se almacena en nodos, servidores y grandes estructuras de almacenamiento y distribución. La red, en realidad, es un sistema de acceso instantáneo a todo ese repositorio a través de grandes tubos y cables que conectan al mundo.

No existe un gran centro de todo, pero sí muchos grandes centros sensibles, siendo Tokio, Chicago, Dublín o Miami algunos de los mayores. Aunque sería difícil, no es imposible tumbar la red con un ataque limitado, tal como reflexionaban desde National Geographic con su docudrama American blackout.

De hecho, ni siquiera haría falta un ataque. Bastaría, por ejemplo, con quedarnos sin electricidad. Como el flujo de información no es un proceso natural, hay que alimentarlo. Esos cables y nodos requieren de enormes cantidades de energía para funcionar. Ahora bien, ¿qué podría suceder para que nos quedáramos sin energía?

Justo eso es lo que planteó El gran apagón, una serie de ficción en formato podcast que fue un auténtico fenómeno en España durante su emisión. A lo largo de tres temporadas de ocho capítulos cada una de ellas, plantea un escenario científicamente verosímil: una potente tormenta solar deja fuera de funcionamiento a los satélites orbitando alrededor del planeta y a cualquier cosa que requiera algún tipo de suministro eléctrico.

No solo nos quedaríamos sin internet, sino también sin radio, sin televisión o sin electricidad. Los aviones se desplomarían en pleno vuelo y hasta los motores de los coches se quedarían sin poder arrancar. Una vuelta a la sociedad preindustrial contra la que no se podría hacer nada hasta que no se disipara la inestabilidad electromagnética.

A lo largo de la ficción, de hecho, se recogen dos escenarios distintos y verosímiles. Primero, el profundo impacto social de algo así –pillaje, sectarismo, caos, miedo– y, una vez superada la situación, la normalidad de asumir que en realidad se podría vivir sin electricidad. El saber que es inevitable y que puede volver a suceder en cualquier momento.

La vida seguiría, de forma más incómoda y distinta a como es ahora, pero no necesariamente inviable. De lo contrario, si uno se da cuenta, no habríamos llegado hasta nuestros días. Otro debate sería decidir si realmente es una opción peor.

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