¿Realmente existieron los zoológicos humanos?..

Los europeos convirtieron a humanos en meros objetos de exhibición, pese a que Occidente ya entonces pregonara el ideal de igualdad entre todos. Para 1900, no quedaba rincón del planeta por colonizar. Europa, en la cumbre. La decisión de repartir África se remató en 1885…

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Desde finales del siglo XIX, colonialismo y exotismo se conjugaron a la hora de organizar entretenimientos centrados en el ser colonizado, su exhibición era motivo de festejo para la causa imperial y, además, servía para legitimar la mirada superior de Europa, aumentando la carga prejuiciosa… esa misma que hoy funciona como argumento para rechazar inmigrantes africanos, por ejemplo..

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Empieza el espectáculo

Desde 1874, y tomando Alemania la delantera gracias a un potente comerciante de animales que brilló como artífice de zoológicos humanos -Karl Hagenbeck- se montaron espectáculos en los que, además de fieras enjauladas, se mostraban individuos de pueblos considerados “exóticos”. Los primeros nativos exibidos procedían de Samoa y Laponia. Entre 1877 y 1912 se realizaron unas treinta exposiciones de este tipo en el Jardín Zoológico de Aclimatación de París. La afluencia de público fue masiva y regular. En el primer año recibió un millón de visitas. El promedio de concurrencia, entre 200.000 a 300.000 personas.

Los pueblos fueron perseguidos en todos los rincones del mundo, especialmente en las regiones colonizadas, y llevados a las metrópolis. Con la falsa promesa de aventuras y riqueza, muchos terminaron atrapados por contratos injustos y ganando salarios miserables a cambio de jornadas extenuantes de trabajo. Muchas de las personas que eran exhibidas vivían en jaulas, en condiciones infrahumanas. Este maltrato llevó a la muerte de algunos.

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El negocio del siglo

En las exposiciones podían verse indios norteamericanos, negros de diversas partes de África, esquimales, pigmeos, nubios de Sudán, entre otras etnias. Los nativos llevaban a cabo actividades de la vida cotidiana como preparar alimentos, fabricar artesanías, danza y deportes – entre más exótico, mejor. El episodio más lamentable fue cuando se contrató a una tribu canadiense para ejecutar un ritual caníbal (que para esos tiempos ya había sido prohibido incluso en Canadá).

Además de las Ferias Mundiales, que se llevaban a cabo en las ciudades más importantes de los países con el aval y financiamiento del gobierno, muchos grupos nativos también eran ofertados como atracciones itinerantes; es decir, no se quedaban en un solo sitio. Esto incluía “presentaciones” en circos, ferias e incluso espectáculos musicales. Su popularización provocó que muchas ciudades pequeñas tuvieran sus propias exposiciones coloniales.

El modelo de negocio fue adoptado en países como Alemania, Bélgica, España, Noruega, Inglaterra, Francia e Italia. En el Nuevo Mundo, los zoológicos humanos fueron bien recibidos en los Estados Unidos. Con su popularidad en ascenso, una exposición típica podía recibir un promedio de 300 mil visitantes al año. El Jardin d’acclimatation, ubicado en la ciudad de París, llegó a recibir a un millón de personas en 1877. También en esta ciudad francesa, la Exposición Colonial de 1931 exhibió a más de 1,500 africanos en imitaciones de sus villas nativas.

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La vieja y salvaje Europa

Ya en el siglo XVI los Medici también tenían una colección de diferentes etnias, desde turcos hasta africanos. En París, en 1881, fueron raptados y exhibidos once aborígenes que encerraron en el Jardín de Aclimatación. Más tarde la exposición se trasladó a Berlín donde fueron colocados junto a un grupo de avestruces. Las presentaciones se cancelaron en Suiza por la mala salud de los aborígenes, una vez que murió una pequeña niña de la familia, por fin los dejaron libres. Es sabido que un episodio similar ocurrió con una familia de mapuches.

Pero en Bélgica ocurrió el episodio que demostró lo poco civilizados que eran los europeos. A finales de la II Guerra Mundial, este país se convirtió en un sitio sumamente atractivo tanto para los negocios como para la vida política, pero también para mostrar espectáculos diferentes a los acostumbrados en cuanto a entretenimiento. Bruselas se convirtió en el lugar donde el racismo se transformó en sinónimo de diversión.

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En 1958, se inauguró la primera feria desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial. La Exposition Universelle et Internationale de Bruxelles pretendía mostrar al mundo ideas de fraternidad, equidad e innovación para un futuro próspero. Muchos países llevaron inventos que pretendían cambiar el mundo, pero Bélgica, con ganas de mostrar todas las culturas del mundo, hizo una exhibición de comunidades africanas a las que las personas se podían acercar para alimentarlas.

Familias enteras y niños negros se encontraban encerrados por pequeñas rejas de bambú. La gente se acercaba para darles de comer y acariciarlos. Esta exhibición fue visitada por 41 millones de personas y ni una de ellas se alarmó por la muestra de racismo que se estaba llevando a cabo.

El Nuevo Mundo no quedó exento de esta “fiebre expositiva”, de modo que Estados Unidos fue bastante lejos. En uno de los hechos más vergonzosos, en 1906, a iniciativa de Madison Grant, racista y antropólogo aficionado, el zoológico del Bronx de Nueva York colocó a un pigmeo congoleño junto a un orangután con el cartel “El eslabón perdido”. Daba a entender que el africano se ubicaba entre un lugar intermedio entre mono y hombre. Y sin pensar cuál sería la reacción del simio al tener que compartir jaula.

La Venus Hotentote

6a00d8341bfb1653ef01a73dc50aeb970d-400wiBastante antes de la aparición de los “zoológicos humanos”, algunos europeos se dedicaron a exhibir individuos exóticos en casa. Solo que, a finales del siglo XIX, esa práctica se sistematizó y amplió.

Por ejemplo, una mujer del grupo hotentote del Sur de África fue trasladada a París como curiosidad y objeto de investigación. Saartjie Baartman nació en 1789 en la provincia oriental del cabo Khoisan, en la actual Sudáfrica pero popularmente fue conocida como la “Venus Hotentote” y llegó a Londres en 1810 donde causó un escándalo porque los espectadores la tocaban semidesnuda. Tal fue el alboroto que el espectáculo se prohibió y ella fue trasladada a los tribunales, retornando a la capital francesa. Allí fue exhibida junto a fieras por casi año y medio.

Murió en 1815, a temprana edad, por una enfermedad poco precisa. Al morir se le hizo una autopsia y hasta 1974 sus restos estuvieron expuestos en el Museo del Hombre de París. En 1855, basándose en el estudio de su cadáver, un etnólogo norteamericano concluyó que los hotentotes eran los especímenes más bajos de la humanidad. Los restos de la mujer retornaron a Sudáfrica en 2002, tras varios reclamos del gobierno de Mandela.

‘El negro’ de Banyolas

D97En 1825, los hermanos Verreaux reunieron una colección de animales salvajes de África del Sur, aunque en uno de los últimos viajes consiguieron el cadáver de un africano, perteneciente al grupo bosquimano, trasladado al museo que tenían en París, donde lo exhibieron en una vitrina con escudo y lanza en mano.

Más tarde, a la muerte de los hermanos, la mansión quedó en el olvido y terceros compraron parte de la colección. Un veterinario catalán, de apellido Darder, compró el espécimen del bosquimano y montó en 1916 su propio museo en Banyoles (Girona) donde quedó exhibido hasta 1991, cuando un médico haitiano lo reconoció como un ser humano y se horrorizó. Sobrevino un escándalo protagonizado por él en víspera de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, exhortando a las comitivas africanas a no participar del evento.

El médico obtuvo una primera victoria cuando la vitrina fue retirada aunque el destino del bosquimano continuó en discusión. Para evitar un escándalo diplomático, y tras desclasificar la pieza reclasificándola como “resto humano”, finalmente, al abrigo de la noche para evitar complicaciones frente a un pueblo que lo reconoció parte de su patrimonio, fue transportado a Botswana, el país que lo reclamó como propio.

Si hubo más casos de “piezas” humanas en vitrinas de museos de Historia Natural poco se sabe, porque el pudor y la vergüenza occidental anularon la difusión de los casos tras las independencias africanas.

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Zoológicos españoles

En la primera de las exposiciones humanas en España, realizada en 1887, el Ministerio de Ultramar, que administraba los territorios coloniales, decidió traer desde Filipinas a un grupo de entre 40 y 50 personas para exhibirlas en la capital española junto a productos importados del archipiélago. “En aquella época, el ya decadente imperio español conservaba como vestigio del colonialismo los territorios de Puerto Rico, Cuba, Filipinas y Guam, pero mantenía la pulsión por equipararse a otros países de Europa” que contaban aún con extensos territorios bajo su jurisdicción.

Los filipinos sirvieron así como arma propagandística para lucir las “joyas del imperio”, imitando una práctica iniciada en la Exposición Universal de Inglaterra en 1851. Para albergar la muestra en Madrid, se construyó en los jardines del Retiro un Palacio de Cristal, a modo de invernadero para mostrar plantas exóticas, y un estanque en el que se instalaron casas sobre pilones para recrear el “hábitat natural” de los indígenas filipinos.  Estas personas fueron tratadas en Madrid mejor que en el resto Europa. Según documentación recogida apunta que se les permitió entrar en el Palacio Real de Madrid y que fueron recibidos en audiencia por la infanta Isabel y la regente María Cristina.

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Las muestras tuvieron éxito y varias empresas privadas organizaron exposiciones en Barcelona y Madrid con personas ajenas a las colonias españolas, como el pueblo subsahariano de los ashantis en 1897, o los inuits, esquimales del norte de Canadá, en 1900. Hay datos de que al menos hasta el año 1918 se realizaron en la Ronda de la Universitat de Barcelona exhibiciones humanas de personas procedentes de África, a las que luego se llevaba de gira por Europa para rentabilizar el espectáculo.

Vivir entre la humillación y el espectáculo, estar en ese lugar como esclavos: a la fuerza y en condiciones deplorables, es tal vez uno de los sacrificios que las civilizaciones debemos pagar simplemente por ser diferentes.

Pese a que la última exposición de seres humanos se realizó en Bélgica en 1958 se puede trazar cierto paralelismo entre estas exhibiciones y algunas reservas indígenas que en la actualidad son explotadas como atracción turística.

 

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