¿Quién es quién en en el debate biotecnológico mundial?

Uno de los temas científicos y tecnológicos más polémicos e importantes de los últimos años son los transgénicos. Lejos de ser un debate puramente técnico, los organismos genéticamente modificados han alcanzado una dimensión política, social y económica que hace que adentrarse en el tema sea realmente complejo.

Por eso hemos querido ir más allá y poner el foco en todo lo que no es ciencia propiamente dicha. Nos hemos preguntado por los grandes actores, sus motivaciones y el planteamiento de lo que se esconde entre las bambalinas del Gran Juego de los transgénicos…

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Las corporaciones: un equilibrio precario

Bayer, BASF, Dow, DuPont, Monsanto y Syngenta. Esas seis compañías representan más de la mitad de todas las semillas, pesticidas y fertilizantes que se venden en el mundo.

Hace un par de meses, Bayer lanzó una oferta por Monsanto de 55 mil millones de dólares con la intención de crear la corporación más grande del mundo. Monsanto la rechazó. No es el único movimiento: Monsanto tentó a Syngenta y cuando no funcionó, Syngenta se alió con ChemChina. Dow y DuPont están en pleno proceso de fusión; y BASF trata de reorganizarse para mejorar su posición en el tablero de juego.

En realidad, según Bill Buckner (exdirector de la filial norteamericana de Bayer y jefe de la Noble Foundation, un centro de referencia en investigación agrícola), vivimos un periodo de concentración empresarial producto de la bajada continuada de los precios agrícolas que hemos visto durante los últimos años. En este contexto de estancamiento, “el capital financiero tiende a ponerse nervioso y la única solución es ganar escala y reducir ineficiencias”.

En 2014, el Summit on Seeds and Breeds de la Fundación Internacional para el Avance Rural alertó sobre la disminución de la diversidad de los cultivos y semillas comerciales. Una falta de diversidad que nos hace más vulnerables al cambio climático y a las epidemias. Y la dinámica actual hacia la concentración empresarial compromete aún más la situación.

Giancarlo Moschini, economista de la Universidad Estatal de Iowa y experto en el mercado agrario internacional, explicaba en Grist que las fichas se están colocando de tal forma que, a corto plazo, la concentración es casi la única opción. Y es un mal escenario. Porque, siempre según Moschini, la competencia se resiente si las empresas son demasiado grandes pero la innovación sufre si son demasiado pequeñas. Durante esta década, de una forma u otra hemos vivido en un equilibrio que ha conseguido compensar ambos lados de la balanza. Así que no todo son malas noticias: como también apuntaba Moschini, este escenario oligopólico cada vez más estrecho deja espacio para la entrada de nuevas empresas a golpe de innovación.

No obstante, la situación es pura incertidumbre. Nadie sabe qué dirán los reguladores una vez alguno de estos acuerdos llegue a materializarse. Y mientras tanto, todos tratan de posicionarse para que cuando alguien mueva ficha, tengan una buena posición que defender.

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El movimiento ecologista: una crisis de reputación

En el lado ambientalista, todo es mucho más complejo. El movimiento ecologista está organizado alrededor de pequeños grupos locales, estructuras nacionales y enormes marcas internacionales. Esto hace que existan muy pocas estrategias de fondo y los problemas de coordinación estén a la orden del día. Quizá el mejor ejemplo, sea Greenpeace.

Todos conocemos a Greenpeace. Hay otras organizaciones con gran capacidad de acción internacional como Amigos de la Tierra, WWF o Ecologistas en Acción, pero la organización ecologista por antonomasia es Greenpeace International. La organización verde tiene sede en Amsterdam y maneja, según sus propios informes, alrededor de 300 millones de euros. No están en Países Bajos por casualidad: en 1998, Canadá (el país donde se fundó) canceló su estatus de organización sin ánimo de lucro y eso motivó su mudanza. Casos similares se han repetido o se están repitiendo en Nueva Zelanda, Alemania o Australia.

En aquel momento, el Wall Street Journal tituló “Greenpeace no sirve al interés general” sin saber que ese era el primer paso que llevaría a una profunda crisis de reputación. Una crisis que llegó a su punto álgido con la carta en la que más de un centenar de premios Nobel acusaban a la organización y a sus aliados de ‘crímenes contra la humanidad’. Una acusación que, pese a su gravedad, el movimiento ecologista mainstream no está en posición de negar categóricamente.

EL MOVIMIENTO ECOLOGISTA ARRASTRA UNA CRISIS DE REPUTACIÓN QUE COMPROMETE SU FUTURO A MEDIO Y LARGO PLAZO

Las lógicas del activismo han acabado por derrochar buena parte del capital histórico. Un solo ejemplo bastará para entender la delicada situación de los ecologistas. En 2013, Wikileaks reveló un posible acuerdo entre Greenpeace y el Gobierno conservador francés (que posteriormente fue confirmado por François Fillon, el primer ministro del momento). El acuerdo, que incluía también a Amigos de la Tierra, otra ONG internacional nacida en España, intercambiaba la posición de Francia en organismos genéticamente modificados a cambio de hacer poco ruido contra los planes de energía nuclear del gobierno de Sarkozy. No es un tema baladí: en Alemania (y por extensión en la Unión Europea) el ecologismo político y social se articuló contra la energía nuclear.

Pese a que nadie duda de la capacidad de movilización y lobby de las grandes organizaciones ecologistas, a día de hoy atraviesan una crisis de reputación que compromete su futuro a largo plazo.

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La academia: una carrera hacia adelante

En todo este alambicado asunto, tienen un papel muy importante las organizaciones de investigación. Ya hemos hablado en Xataka sobre como las grandes empresas tecnológicas están fichando a algunos de los mejores científicos biotecnológicos del mundo. Pero este no es un fenómeno nuevo, sino que viene ocurriendo desde hace al menos tres décadas. Durante los últimos 15 años, las tasas universitarias en EEUU han crecido, de media, un 300%. Y esto no se debe a un capricho de las universidades, sino a una competencia feroz entre los grandes campus, laboratorios y hospitales que actúan, de facto, como grandes corporaciones de investigación y desarrollo.

El caso más actual es la batalla judicial que se traen entre manos la Universidad de California y el Instituto Tecnológico de Massachusetts a cuenta de las patentes de CRISPR. Aunque es solo el último caso. En 1991, las universidades americanas ingresaron 130 millones en concepto de licencias de patentes. En 2014, esa cifra ascendía a 2.200 millones de dólares. Northwestern ingresa 1.300 millones al año gracias a Lyrica, un medicamento antiepiléptico conocido como pregabalina; Stanford recibe 336 millones por el algoritmo de Google; y la Universidad de Florida (y reconozco que esto me resulta divertido) gana 288 millones por Gatorade, la bebida isotónica.

El 70% de los ingresos por patentes de todas las universidades de EEUU son generados solo por 15 campus. Esos, junto a otro puñado de centros internacionales, son los grandes actores en el mundo de la investigación. Actores que son conscientes de que los trasgénicos, como punta de lanza de la biotecnología y la ingeniería genética, son uno de los mayores mercados del futuro. Un mercado del que tienen que sacar tajada para seguir en el juego.

El Gran Juego: la incertidumbre ante el futuro

Estos tres grandes actores, junto con el sector público, configuran lo que podríamos denominar el Gran Juego de los Transgénicos. ‘Gran Juego’ es un término con el que se describía la lucha geopolítica que mantuvieron Rusia y el Reino Unido en Asia Central y el Caucaso durante el siglo XIX. Y, con el tiempo, ha venido a designar escenarios donde el movimiento visible esconde apuestas estratégicas de fondo.

El campo de batalla son los mercados y los laboratorios, sí; pero sobre todo los gobiernos, los parlamentos y los juzgados. Como decía al principio, el debate científico en este tema es inexistente: el debate relevante es político, social y legal. A corto plazo, lo relevante son los estados de opinión y por eso escudriñar el mundo de los transgénicos es casi imposible. Al fin y al cabo, ésta es la batalla donde se decide buena parte del futuro de la alimentación, la salud y la investigación.

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