¿Huellas de bombas atómicas en España?…

Investigadores españoles revelan el rastro del cesio-137 liberado por los ensayos con armas nucleares y, en menor medida, por Chernóbil

Entre 1945, cuando EEUU detonó la primera bomba atómica en Alamogordo, y 1996, cuando China llevó a cabo su último ensayo, el ser humano ha explosionado unas 2.000 bombas nucleares, casi de cualquier manera imaginable: colgando de globos aerostáticos, flotando sobre barcos, en el último piso de una torre, a 600 metros bajo el agua, en túneles, en agujeros a 2.400 metros bajo tierra, desde aviones, en la estratosfera. Y esta obscena traca atómica ha dejado su rastro radiactivo por todo el planeta, incluida España.

Un grupo de científicos ha elaborado ahora el primer mapa que muestra dónde está depositado el cesio-137 resultante de las explosiones. Las zonas más bañadas por este elemento radiactivo fueron regiones de Pontevedra, Ourense, Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa, pero no hay ningún riesgo. Los autores del mapa describen concentraciones de entre 251 y 6.073 becquerelios por metro cuadrado en España. Según los criterios del Comité Científico de Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica, una región se considera contaminada cuando presenta niveles de cesio-137 por encima de 37.000 becquerelios por metro cuadrado.

“En España hay cantidades bajísimas”, subraya Ángela Caro, del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) y principal autora del mapa. Su equipo ha medido la actividad del cesio-137 directamente en 34 puntos del suelo del país y ha revisado mediciones parciales anteriores. Además, los científicos han consultado las bases de datos de precipitaciones de 778 estaciones meteorológicas en las décadas de 1950, 1960 y 1970, ya que la lluvia desempeña un papel fundamental en la deposición del cesio-137 y otros elementos radiactivos. Este cóctel de datos se metió en dos programas informáticos diferentes para corroborar los resultados.

Freno en los Pirineos

“El conocimiento detallado de la cantidad de cesio-137 que hay depositado en el suelo nos permitiría, en caso de un accidente con fuga radiactiva, calcular mejor sus dimensiones y establecer medidas para remediar los efectos”, explica Caro. El Consejo de Seguridad Nuclear, guardián del sector atómico en España, ha financiado el mapa.

“Por otro lado, estos datos sirven para hacer estudios de la erosión del suelo, observando la evolución de la cantidad de cesio-137 a lo largo de los años”, detalla. Caro ya publicó en 2011 un avance de este mapa, mucho más básico.

El cesio-137 depositado en España procede fundamentalmente de las 500 bombas nucleares estalladas en la atmósfera por EEUU (200), la Unión Soviética (200), Francia (50), Gran Bretaña (20) y China (20). Muy poca cantidad es atribuible a la nube radiactiva formada en 1986 tras el desastre en la central nuclear de Chernóbil, que prácticamente se frenó en los Pirineos. Otros países tuvieron menos suerte con el régimen de viento y lluvias. En Noruega, 25 años después del accidente atómico de la URSS, las autoridades siguen descartando en los mataderos ovejas y renos demasiado radiactivos, al alimentarse de setas y líquenes contaminados por cesio-137.

¿De dónde procede la radiación que recibimos?

El 80% de la radiación que recibe una persona proviene de fuentes naturales, como los rayos cósmicos y el gas radón del subsuelo, segunda causa de cáncer de pulmón en muchos países. Casi el 20% restante procede de pruebas médicas, como radiografías, escáneres y exploraciones de medicina nuclear. Solamente un 0,2% estaría vinculado a las partículas radiactivas, como el cesio-137, liberadas por la explosión de bombas atómicas. Y un 0,1% se puede atribuir al accidente de Chernóbil. Finalmente, un 0,01% es achacable a la actividad de las centrales nucleares, siempre según las cifras del Comité Científico de Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica.

En su estudio, publicado en Journal of Environmental Radioactivity, los autores del mapa del cesio-137 en España sostienen que es “interesante” medir la cantidad de este elemento en el suelo porque “ha sido ampliamente distribuido debido a la lluvia radiactiva y no debe ignorarse su contribución a la dosis de radiación que reciben las personas”.

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